La plataforma de la N roja ha convertido un estreno de 2026 en el fenómeno absoluto de la semana: Unabomber. La película aterrizó en el catálogo el 25 de septiembre y ha registrado 16,4 millones de visualizaciones en sus primeros siete días, coronándose como el número 1 de la lista global de películas de Netflix.
Netflix, recordemos, calcula las views dividiendo las horas vistas entre la duración de la película; por lo que esos 16,4 millones no equivalen a 16,4 millones de cuentas que hayan visto la cinta de principio a fin. Aun así, hablamos de un volumen nada despreciable para una producción que acaba de encontrar su segunda vida perfecta.
Detrás de este pico de audiencia se encuentra una de las historias criminales más inquietantes de Estados Unidos. La cinta narra la transformación de Ted Kaczynski, un joven prodigio de las matemáticas nacido en Chicago en 1942 que acabó aterrorizando a todo el país. Los datos del caso indican que entre 1978 y 1995 su campaña de atentados con cartas bomba dejó tres muertos y 23 heridos, pero el guion retrocede para diseccionar cómo un alumno brillante de Harvard termina aislado a los 29 años en una cabaña sin electricidad ni agua corriente cerca de Lincoln, Montana. Esa fractura brutal entre el expediente académico y el terrorismo postal es el verdadero motor del metraje.
Para explicar este descenso a los infiernos, la narración no avanza en línea recta, sino que alterna constantemente dos épocas: los años universitarios del protagonista y la exhaustiva investigación del FBI que culminaría con su captura. La estructura funciona, por así decirlo, como un espejo retrovisor que te obliga a mirar el pasado continuamente para entender el accidente del presente. Y aquí es donde entra la zona oscura de la historia (porque el morbo, cuando tiene sello institucional, atrapa el doble), ya que uno de los ejes centrales explora los controvertidos experimentos psicológicos en los que participó Kaczynski durante su etapa en Harvard.
Sostener un pulso psicológico a dos tiempos exige talento frente a la cámara, y el director danés Janus Metz lo fía todo a un reparto que mezcla veteranía y frescura. Jacob Tremblay asume la complejidad de encarnar al Kaczynski más joven, mientras que el oscarizado Russell Crowe se pone en la piel del profesor de psicología Henry Murray. A ellos se suma Shailene Woodley, que da vida a una agente del FBI ficticia, un recurso de ficción pensado para guiar al espectador por el laberinto de pruebas. El elenco lo rematan nombres muy solventes de la televisión como Alexander Ludwig o Steven Ogg.
De la historia a tu televisión
El cine basado en hechos reales siempre tiene sus costuras, y esta película te entrega un retrato fascinante de un hombre cuya historia quedó marcada, entre otras cosas, por los experimentos psicológicos a los que fue sometido en Harvard. Lo que no sabemos, ni siquiera tras los títulos de crédito, es hasta qué punto aquellos experimentos influyeron realmente en su posterior deriva violenta. Los hechos documentados son estos: un expediente académico insuperable, los experimentos dirigidos por Henry Murray y, años después, la campaña terrorista que terminó con su captura. La conexión causal entre ambos extremos sigue siendo un terreno mucho más difícil de demostrar.
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